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Por qué la inteligencia no juega a nuestro favor

En momentos donde la preocupación por nuestra Salud Mental está ocupando el lugar que se merece, varios estudios determinan que las personas con Altas Capacidades tienen, a diferencia de otras, mayor propensión a sufrir trastornos de depresión y ansiedad. Siendo así cabe preguntarse, ¿Por qué la inteligencia no juega a su favor?

 

La inteligencia

 

Capacidad de entender o comprender.

Capacidad de resolver problemas.

Fuente: RAE

 

Si nos basamos en esta definición podríamos deducir que los individuos con altas capacidades no deberían sufrir enfermedades mentales ya que su particular mente las dotaría de la capacidad necesaria para entender y comprender sus problemas y por ende, para ponerles solución. Sin embargo los trastornos de depresión, ansiedad e incluso de tipo psicótico no son ajenos a este sector de la población.

 

De hecho es bastante frecuente que se relacione un alto cociente intelectual con la locura, muestra de ello son John Forbes Nash, Van Gogh, Edgar Alan Poe, Beethoven e incluso Newton, genios que cambiaron la historia padeciendo enfermedades mentales verdaderamente graves.

 

Aun así éstos ejemplos no son significativos y por supuesto, no todo genio está loco ni mucho menos a la inversa, bien es cierto que muchos superdotados, pese a su elevada heterogeneidad, tienen algunos rasgos de personalidad que de no gestionarse adecuadamente puedan llevarles a padecer este tipo de enfermedades.

 

 

Tendencia al neuroticismo, vulnerabilidad, dificultades para relacionarse, una baja autoestima, altos grados de perfeccionismo, intensidad exacerbada, alta sensibilidad

 

 

Parece que la tendencia al neuroticismo es una de las principales causas de este tipo de problemas, un rasgo de la personalidad que tiene que ver con la gestión emocional, la capacidad de responder al estrés, el temperamento y los altibajos emocionales, y su estudio se considera tan importante que se engloba dentro de Los 5 grandes.

 

 

 

Modelo de los cinco factores de personalidad

 

En psicología de la personalidad hay un modelo que se conoce como el «Big Five» o «Modelo de los 5 grandes». Este modelo desarrollado en 1999 por Paul T. Costa y Robert R. McCrae se basa en la premisa de que todos nosotros tenemos cinco grandes factores de personalidad conocidos por OCEAN y que en definitiva, determinan cómo somos.

 

 

 

Apertura a la experiencia

 

La Apertura a la experiencia es la capacidad que tenemos para asumir los cambios, las novedades e incluso la curiosidad y necesidad que mostramos hacia ellos. Sus subfactores son la Fantasía, la Estética, los Sentimientos, las Acciones, las Ideas y los Valores.

 

Se presupone que una persona que destaque en este rasgo es alguien original, imaginativo, creativo y sin miedo a salir de su zona de confort. Pero todo esto no tiene por qué darse en su totalidad y desde luego no engloba exclusivamente a grandes aventureros.

 

Una persona con una buena apertura a la experiencia es aquella que demuestra curiosidad, y ésta puede ser tanto intelectual -rasgo muy característico en las personas con altas capacidades- como emocional, más propia de quienes buscan vivir experiencias nuevas.

 

En este sentido quienes tienen un pensamiento crítico, intereses muy diversos e incluso un alto grado de introspección son también personas «openness».

 

 
Responsabilidad

 

Aunque Conscientiousness se traduce al español como escrupulosidad, este factor se conoce más por Responsabilidad. Atañe a la capacidad de esfuerzo que las personas tienen para regularse a fin de desarrollar las tareas que se han propuesto, así como la precisión y minuciosidad con la que las realizan. Sus subfactores son la competencia, el orden, el sentido del deber, la necesidad de logro, la autodisciplina y la deliberación.

 

La capacidad de organización y el cumplimiento de objetivos, así como la autoexigencia, el ansia de superación y cómo no, el perfeccionismo, influyen en el resultado de este rasgo.

 

Igualmente es importante tener en cuenta que como cualquier otro factor identifica a la persona en función de cómo esta se ve a si misma, y por tanto no tiene por qué ser igual para los demás. Una persona extremadamente perfeccionista y autoexigente podría puntuar bajo en él, y sin embargo ser un excelente profesional para el resto. Depende en cierta medida de los altos estándares de calidad que tiene el individuo para consigo mismo y frente a los demás.

 

 

Extroversión

 

Las personas extrovertidas son aquellas que cuentan con unas buenas habilidades sociales, casi nunca están solas o al menos prefieren no estarlo y en general se nutren con las relaciones humanas. Por contra, las personas introvertidas son reservadas, serias, cuentan con pocos amigos y optan por ambientes más tranquilos. Los subfactores de este rasgo son la cordialidad, el gregarismo, la asertividad, la actividad, la búsqueda de emociones y las emociones positivas.

 

La relación entre las Altas Capacidades y la introversión es bien conocida, debido a los numerosos clichés que inciden en la escasa capacidad que tienen muchos superdotados para relacionarse con los demás. El friki de la clase, el amigo gafotas sabelotodo o el bicho raro de la oficina.

 

Nada más lejos de la realidad. Lo habitual es que confluyan ambos rasgos, que una persona sea extrovertida en algunas ocasiones e introvertida en otras, que se muestre comedida en una situación y asertiva en otra. No todo es blanco o negro, y cuando lo es, no tiene por qué ser un problema.

 

Por otra parte la falta de gregarismo de los superdotados se debe en su mayor parte al hecho de que en general sus intereses y aficiones no coinciden con los de la mayoría y a veces, para relacionarse, tienen que dejar de ser ellos mismos. Además existen muy pocas opciones donde los adultos pueden conectar con personas afines, ya que salvo Mensa y más recientemente Redaci, pocas son las alternativas.

 

 

Amabilidad

 

La amabilidad es un rasgo de la personalidad que la sociedad en general agradece, ya que una persona cordial, educada, atenta e incluso sensible es plato de gusto de cualquiera. Sus subfactores son la confianza, la franqueza, el altruismo, una actitud conciliadora, la modestia y la sensibilidad hacia los demás.

 

Dentro de este rasgo podemos destacar la confianza, que implica considerar al resto de las personas buenas y honestas por naturaleza, lo que en algunos casos podría tacharse de ingenuidad y no lo es. Confiar en las personas no implica obviamente no ver lo que la humanidad en algunos casos es capaz de hacerse a si misma, sino pensar que pese a ello sigue evolucionando y sale adelante con grandes ejemplos de superación.

 

Desear la negociación antes que el conflicto, no caer en la superioridad moral y sobre todo ser franco, son cualidades que pertenecen a una persona amable por naturaleza, pero el saber poner límites, hacer valer otros puntos de vista y no ser siempre todo lo sincero que se debiera, no implica que uno no lo sea. Como cualquier rasgo depende de los grados, de la vara de medir y sobre todo de la visión que tiene uno de si mismo.

 

 

Neuroticismo

 

El neuroticismo como rasgo predominante implica que la persona se ve más expuesta a las situaciones estresantes que otras, con niveles elevados de ansiedad y una vulnerabilidad exacerbada. Sus subfactores son la ansiedad, la hostilidad, la depresión, la ansiedad social, la impulsividad y la vulnerabilidad. 

 

La depresión y la ansiedad por desgracia son uno de los trastornos mentales más frecuentes de nuestros días. Al individuo lo invaden sentimientos de miedo, tristeza y soledad que le impiden llevar una vida sana, en muchas ocasiones sin razones aparentes.

 

Por otra parte vivimos en una sociedad en la que los estímulos son constantes, donde ya prácticamente nada pasa desapercibido, que vende más caras las noticias malas que las buenas. Guerras, hambre, codicia, violencia, injusticia… es fácil que las personas con tendencia al neuroticismo vean siempre el vaso medio vacío.

 

 

La inteligencia como herramienta

 

Es importante tener en cuenta que todos estos rasgos parten de la percepción de uno mismo, ya que obviamente es el propio sujeto quien responde a estas cuestiones y por tanto, es su punto de vista el que prevalece en las respuestas.

 

Un test de personalidad puede ser de gran ayuda, de hecho es una gran guía para conocerse mejor e incluso verse desde otros ángulos. A través de él podemos observar cuáles son nuestras aristas y destacar nuestras virtudes. Y en caso necesario, actuar en consecuencia.

 

Aquí es donde la inteligencia puede jugar a nuestro favor, ya que una curiosidad insaciable, enormes ganas de aprender y la profundidad de análisis son herramientas muy útiles para afrontar estos males.

 

Y a una mala siempre nos quedará Lou Marinoff y su paradigmático libro  «Más Platón y menos Prozac».

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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