Onicofagia: hábito de comerse las uñas (normalmente las de las manos)

 

Lo confieso, tengo «onicofagia» desde los seis años, aunque a mi edad sólo me muerdo las uñas de las manos. A las de los pies dejé de llegar hace mucho tiempo y, por mucho asquito que dé imaginárselo, admito que en mi juventud también me las mordía. Ahora, en épocas de estrés, me limito sólo a toqueteármelas y mi pobre esteticista se pone mala cuando hay que cortar, limar y pintar.

 

No tengo mucha idea de cómo empecé.  Creo que fue por culpa de mi abuelo paterno, que en paz descanse. Un día me dijo -vete tú a saber por qué:

 

– «Lo más horrible y feo que hay en una mujer es que se muerda las uñas»

 

Por aquel entonces ya apuntaba yo maneras de rebeldía y de cierto feminismo así que aquello de «una mujer» me llegó hondo – como si estuviera bien que un hombre se pusiera las botas comiéndose las uñas hasta los codos pero una mujer…

 

¡Una Mujeerrr!    ¡Una Mujerrr!

 

Argggg… 

 

Para demostrarle su gran error comencé a mordérmelas cual alimaña hambrienta, y no sólo me conformé con eso, también engañé a mi queridísima hermana gemela para que me acompañara en esa micro campaña de lucha a favor de la igualdad.

 

Lamentablemente ambas la perdimos estrepitosamente ya que a día de hoy no hemos vencido este hábito y, la verdad es que no sirvió de nada, porque mi abuelo no fue a mejor en sus ideales sobre las féminas.

 

Él olvidó tan feliz su comentario pero mi subconsciente lo guardó en una caja fuerte bajo llave y ahí está todavía. No hay forma de abrirla, así que me estoy planteando ir a terapia para quitarme este mal hábito. Bueno, no se yo, mi sociólogo tendría conmigo para media vida y conociéndome acabaría analizándole yo a el.

 

El caso es que con 45 años todavía me muerdo las uñas y un alimento saludable como que no es. Y lo malo no es que lo haga yo, sino que mis hijos también lo hacen, por eso de imitar justo todos tus defectos y olvidarse de las virtudes.

 

Cuando mi hija comenzó a morderse las uñas con fruición le pregunté por qué lo hacía, a ver si ella sabía dar respuesta a algo que a mí me inquietaba – supongo que si sabes el motivo de un mal habito, puedes atacar este más fácilmente- pero no me supo decir. No tenía ni idea. Al final logró vencerlo poniendo toda su atención en ello -me dijo. El peque anda ahí ahí, por temporadas, y lo controla mucho más que yo.

 

Lo mío tiene delito porque llevo uñas postizas desde hace más de veinte años. Cuando empecé a trabajar me dió mucho complejo enseñar mis dedos redondos y mordisqueados, y descubrí por casualidad las manicuras de porcelana, luego las de gel y finalmente las postizas de toda la vida. Al cabo de los años me he hecho toda una experta y soy capaz de cambiarme una uña que se me haya caído mientras hablo contigo sin que te des cuenta.

 

Pero el caso es que esto no cambia nada. En cuanto se me despega una -o me la arranco yo- me doy un festín con la de verdad y no hay forma de que crezcan. Mi queridísimo marido se pone de los nervios y me echa la bronca como si tuviera diez años y aunque mi mirada asesina le para los pies, la cuestión es que razón no le falta.

 

Aunque sea plenamente consciente de que me las estoy mordiendo soy incapaz de dejarlo.

 

Jo, voy a tener que hacérmelo mirar, ¿verdad?

 

 

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