La inteligencia emocional y los gritos

 

 

En ocasiones, cuando nuestros hijos nos sacan de quicio, acabamos perdiendo los nervios y les ordenamos a gritos que actúen de ésta u otra manera. Puede incluso que hasta se nos escape un azote o un cachete si la cosa se nos ha ido de las manos.

 

Después de la tempestad, cuando llega la calma, nos decimos que no pasa nada, que se nos puede disculpar porque somos sus padres y para gritar nos sobraban razones. Que vaya día me ha dado, que mira cómo se ha puesto, que no podía más…

 

 

Pero no, no se puede disculpar.

 

 

Gritar o pegar a nuestros hijos es de suspenso total en el examen de padres y me voy a permitir argumentar el Por qué.

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Primero: porque debemos tratar a nuestros hijos con el mismo respeto con el que queremos ser tratados.

→ Segundo: porque debemos mostrarles con el ejemplo cuál es la actitud correcta en una situación de desacuerdo.

→ Tercero: porque los gritos impiden la escucha activa.

→ Cuarto y más importante: porque los queremos con toda el alma.

 

 

Por eso, gritar o pegar a nuestros hijos es sencillamente inexcusable.

 

 

– Ya, ya. Lo sabemos, pero…

– No hay «peros». ¿Acaso se te ocurriría gritar a tu pareja si discutierais? ¿Acaso le pegarías?

– ¡Claro que no! La duda ofende. No se me pasa ni por la cabeza.

– Sí, por supuesto. ¿Y por qué?

– Porque la quiero y la respeto. Por simple educación.

– Y entonces ¿a tu hijo? ¿a la personita a la que más quieres en este mundo?

– Ah… bueno… es que… yo… esto… eso es distinto…

– No. No lo es.

 

 

No debemos gritar ni pegar a nuestros hijos porque aprenden que, quien más te quiere, quien más te respeta y quien más sabe de educación, puede gritarte o puede pegarte si le sacas de quicio, si pierde los nervios o si no atiendes a sus razones.

 

 

 

Es así de crudo y es así de simple.

 

 

Y sí, ahora nuestra conciencia nos está minando el estómago porque nos duele haberlo hecho al verlo desde esta perspectiva.

 

 

Nos resistimos.

 

 

A algunos de nosotros nos han criado con gritos, con cachetes y con alguna que otra bofetada. Y lo disculpamos porque sabemos que nuestros padres nos querían de verdad y porque eran otros tiempos.

 

 

Ahora, como adultos, inconscientemente actuamos de forma similar con nuestros hijos. Probablemente sin llegar a gritarles todo el tiempo, y sin sacar tanto la mano a pasear, pero perdiendo los nervios más veces de las que quisiéramos.

 

 

Y si te toca criar a un hijo con Altas Capacidades, esto es ya de manual.

 

 

Los enfrentamientos son continuos porque no reconocen la autoridad per sé. Todo lo tienen que razonar, todo necesita una explicación convincente, todo cuanto dices que no les encaja es injusto y siempre están a la que salta porque vienen bien cargaditos del cole donde por desgracia, no son atendidos de manera adecuada.

 

Tú eres su saco de boxeo y se desahogan con facilidad, sin filtro.

 

 

Así que nos toca aprender y enseñar lo que se conoce por Inteligencia Emocional, que es la que necesitas sí o sí para sobrevivir a este mundo, tengas o no Altas Capacidades y, si las tienes, con más motivo.

 

 

 

 

Cuando tu hijo pierda los nervios, cuando grite, patalee, se sienta frustrado, enojado y sin control, no actúes como él, no entres al trapo.

 

 

Ponte a su altura, mírale a los ojos y pídele que muestre sus emociones de otro modo, y si no puede -cosa que pasará al principio- dile que se retire un tiempo hasta que se le pase, que luego ya continuareis hablando y le ayudarás en todo cuanto necesite.

 

 

De este modo evitas acabar igual, te das tiempo para desprenderte de la tensión que te genera y te preparas para conversar.

 

 

Cuando ya haya vuelto la calma, hablad. Tiene que ser consciente de sus emociones, percibirlas, y ver también cómo te hace sentir a tí su comportamiento. Si las comprende, si les puede poner un nombre, podrá manejarlas porque la razón habrá ganado.

 

 

No se trata de negar las emociones negativas. La ira, la frustración, el dolor, la tristeza o la rabia forman parte de nuestra vida, y tan necesarias son para nuestro crecimiento personal como las positivas. Se trata de no dejarse dominar por ellas.

 

 

Y a nosotros como padres, como adultos, nos corresponde mostrárselo, y ¿Qué mejor forma de hacerlo que con el ejemplo?

 

 

Por ello, recapacitemos un poco sobre nuestro comportamiento, pensemos un instante antes de entrar en erupción como un volcán cuando nos corran los demonios, porque la vida nos da otra oportunidad para aprender a gestionar nuestras emociones.

 

 

 

 

Inteligencia Emocional. ¿Quién necesita más?

 

 

 

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