Coronavirus

 

Quien diga que no ha pensado nunca en el fin del mundo tiene suerte, aunque creo que todos lo hemos hecho alguna vez, ya sea mientras veíamos una de esas películas de catástrofes naturales que acababan de la noche a la mañana con medio planeta o aquellas otras en las que una especie alienígena superior nos invadía.

 

Incluso me atrevería a decir que para muchas personas el fin del mundo es un pensamiento recurrente, al igual que lo es la muerte, pero no desde un punto de vista exclusivamente negativo sino como algo que puede pasar en el futuro, algo plausible.

 

Y para los bichos raros como yo, que se han visto invadidos por pensamientos de este tipo incluso cuando el mundo giraba con total normalidad, va y llega «el coronavirus».

 

El coronavirus.

 

De la noche a la mañana todo se ha vuelto del revés, el mundo está patas arriba y nuestros miedos, aquellos que creíamos dominados, se han alzado como dioses malignos dominándolo todo.

 

Atrapados en ellos volvemos a fijarnos en predicciones sobre el fin del mundo, en teorías conspiratorias de luchas de poder y en visionarios que hablan de cambios de paradigma, del fin de una era y en definitiva, del fin del mundo tal y como lo conocemos hoy.

 

Volvemos a dudar de nosotros mismos, a pensar en lo que representamos en este planeta donde vivimos más de 7.625 mil millones de personas, y a preguntarnos sobre el verdadero significado de nuestra existencia.

 

El coronavirus

 

Son días difíciles donde mostramos nuestra calidad humana mientras luchamos contra el miedo que nos domina cuando nuestra supervivencia y la de nuestros seres queridos está en juego.

 

Porque ahora el miedo, ese gran aliado que nos protege ante una situación de riesgo, se convierte en nuestro mayor enemigo y nos insta a comportarnos como animales impidiéndonos actuar por el bien común.

 

El bien común.

 

Sí, así es. Porque no se trata de sobrevivir a costa de todo y de todos, sino de hacerlo con dignidad, dando ejemplo a nuestros hijos, para poder mirarnos al espejo después de todo esto sabiendo que dentro de lo malo tuvimos valores y lo hicimos lo mejor que supimos.

 

El coronavirus, un virus que no sólo ha minado la salud de nuestros cuerpos sino que está atacando nuestras mentes, nuestro espíritu y nuestra esperanza.

 

El coronavirus.

 

Ese pequeño ser de tamaño insignificante que ha tomado totalmente el control de nuestras vidas y que imagino que si está aquí es para algo.

 

En momentos como este las personas como yo, con una mente que se activa en todas las direcciones – como bien expresa Jose Luis en su blog Incansable Aspersor – nos vemos emocionalmente desbordadas ya que la intensidad constante con la que vivimos alcanza ahora su máxima expresión.

 

Y voy a confesar desde la mayor humildad que últimamente hasta me he preguntado si lo más correcto -o al menos lo más sano- para mí, no sería esconder la cabeza bajo la arena, como el famoso avestruz, para no ver, no oír, no escuchar, no entender…

 

Porque lo confieso, esto está siendo realmente difícil.

 

Pero no me refiero al aislamiento, del que todos hablan y que parece ser el segundo protagonista de esta historia. Para mí estar en casa junto a mi familia, pudiendo leer, escribir, estudiar y hasta dormir sin horarios ni compromisos es sumamente placentero.

 

Lo verdaderamente difícil es vivir con la incertidumbre de lo que realmente está pasando ahí fuera, filtrar la enorme cantidad de información que nos llega, deducir qué pasará mañana y mantenerme emocionalmente fuerte para lo que pueda venir.

 

Y no caer…

 

Por sentirme inútil en mi aislamiento. Porque al menos aquellos que están trabajando duro para luchar contra este virus que ha venido a cambiarlo todo -quizás porque nosotros no lo hemos hecho antes por propia voluntad- se sentirán cansados, agotados y frustrados, pero no inútiles.

 

Y aun así quiero confiar, no, más bien confío en que todo esto tiene sentido, aunque ahora no sepa ver con claridad cuál es. Confío en que todo esto está pasando por algo y en que ése algo es para bien.

 

Así que aunque pensemos aterrados que el coronavirus ha venido a destruir todo cuanto conocemos, a sacarnos a patadas de nuestra zona de confort y a rompernos los esquemas, recordemos que el ser humano es un ser extraordinario, capaz de superar mil batallas y de seguir adelante.

 

Y confiemos porque pensándolo bien, ha habido muchos otros antes que él y aún así, aquí seguimos…

 

¡Mucho ánimo!

 

 

 

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