Un agujero temporal

 

Llego a casa y mi hijo, de cinco años, me recibe todo emocionado con un dibujo que ha hecho. Le abrazo y besuqueo como siempre. A conciencia. Lo estrujo bien. Se deshace rápidamente de mis achuchones y reclama mi atención sobre su dibujo.

 

Lo miro. Lo observó y veo un borrón circular de color negro sobre el folio color blanco, junto a él un garabato que se parece a un hombre palo.

 

 

Le pregunto.

 

– ¿Y qué has dibujado cariño?
– Me dice – Un agujero temporal.
– ¿Un agujero temporal? – Repito
– Sí mami.
– Y ¿Para qué sirve un agujero temporal?
– ¡Pues para saltar de una época del tiempo a otra!. ¡Mira!. Por ejemplo puedo colarme por él e ir hasta la época de los dinosaurios. Así puedo verlos bien de cerca. Y éste soy yo – me dice señalando el hombre palo.

 

 

Me pongo a pensar.

 

Dibuja bastante mal, en el cole nos han insistido varias veces en que usemos esas gomitas que se ponen en los dedos para ayudarle a coger el rotulador correctamente. Dicen que le falta fuerza al escribir. Yo creo que es porque su imaginación es tan enorme que no le da la mano.

 

 

Sigo pensando.

 

Hay niños en su clase que ya van leyendo con soltura. A él no le gusta. Me propuse que cambiara de actitud así que nos hemos hecho en un par de semanas los dos cuadernillos de lectura de Primero de Primaria que guardábamos de su hermana. Él cursa tercero de infantil. Ha pasado en tan solo unas noches de leer sólo las letras mayúsculas a leerlas todas. Lee despacio. Lee de seguido. Sigue sin gustarle. Dice que es porque no lee tan bien como su hermana.

 

Y recuerdo.

 

Cuando tenía tres años y empezó el cole se enamoró de los dinosaurios. Quería ser paleontólogo. Se aprendió los nombres de más de treinta de ellos, quizás más. Me hizo ir y volver mil veces a la biblioteca para coger enciclopedias sobre el tema. Nunca quiso libros infantiles, sólo enciclopedias y libros muy avanzados para su edad.

 

Su libro preferido era uno tamaño medio folio, Dinosaurios y la vida en la prehistoria,  de 356 páginas. En él se habla de la Prehistoria, de la era de los dinosaurios, de animales anteriores a ellos y de aquellos que convivieron con ellos, de otros animales prehistóricos y de los antepasados del hombre. Las páginas están repletas de ilustraciones y de datos como el nombre oficial del dinosaurio en cuestión, su significado, dónde fue descubierto, dimensiones, época y principales características.

 

Me da la risa.

 

En el cole hicieron una actividad que consistía en que cada niño escogiera de casa el cuento que más le gustara. Debía forrarlo y llevarlo a clase para que todos los niños pudieran intercambiarse sus cuentos preferidos cada semana. Recibí no pocas sonrisas burlonas de otras madres cuando sus hijos les llevaban a casa  su Dinosaurios y la vida en la prehistoria. Algunas admitieron no abrirlo siquiera.

 

Estuvimos así casi dos años. No sé ni cuantos dinosaurios habrá por casa. No sé ni cuántos libros.

 

Ya no quiere ser paleontólogo. Dice que pasan mucho tiempo lejos de casa.

 

 

Hace poco hemos conseguido que se vista solo. Sabe hacerlo desde hace un par de años pero se distrae constantemente y si vas con prisa no llegas. Ahora es un poco más rápido. Tampoco mucho.

 

 

Nos cuesta horrores que coma solo. Es muy nervioso, no para en la mesa, y no piensa siquiera en la comida. Le es totalmente indiferente.

 

 

Todavía no sabe andar en bici.

 

 

En infantil lo ha pasado verdaderamente mal. No quería ir al cole y tuvo hasta pesadillas. Su profe nos decía que «sus tiempos» eran muy superiores a la media. Que era muy lento ¡vaya!. Y que se relacionaba poco con sus compañeros porque siempre estaba en su mundo, como ensimismado. Traté de sembrar la duda sobre las Altas Capacidades. Su hermana es superdotada. – Por eso de la genética le dije. – Ni caso. Sonrisa falsa.

 

 

A final de curso la cosa se complicó mucho. No podía dormir. Nos preguntaba constantemente si al día siguiente tenía que ir al cole, o al siguiente, o al otro. Y cuando respondíamos que sí se ponía a llorar.  Hablé con la tutora. Ésta habló con el orientador. Lo evaluó pero no lo diagnosticó con Altas Capacidades. Igual que a su hermana la primera vez, a la misma edad.  De nuevo un CI cercano al 130 pero «no lo suficiente». Nivel de desarrollo intelectual que en el momento actual se podría situar en el intervalo medio-alto (Escala WIPPSI-III) según el informe. Precisa medidas ordinarias. 

 

 

Ahora ya, con seis años recién cumplidos ha empezado Primaria. Sólo ha ido dos días. Al segundo ya no quería volver. Gritos, llantos y quejas de par de mañana.

 

 

Será la adaptación. Ya veremos.

 

 

¿Nueva lucha?

 

¿De nuevo tocará acudir a un reputado experto que haga una evaluación profesional con la que «obligar» a reconocer sus Necesidades Educativas Especiales al centro escolar?

 

¿O deberemos esperar a que adquiera soltura en la lectoescritura para que pase «sus pruebas» con más holgura?

 

 

Lo peor. Las dudas y el sentimiento de culpa. Ambos resurgen de nuevo.

 

 

¿Y si él no es superdotado como su hermana? ¿Y si mi instinto se equivoca? A ver si me pienso yo que mi maridito y yo somos una fábrica de superdotados… Pero su hermana lo es. Y sus dos primos también…

 

Sí. Sé que sí. De nuevo esta vez sé que no me equivoco.

 

 

 

 

 

El agujero temporal lo he cruzado yo. He vuelto al punto de partida. Pero esta vez el protagonista es él.

 

 

 

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