Sacrificar el sufrimiento

 

Recientemente, en una de esas charlas que uno tiene el placer de disfrutar cuando tiene en frente a una persona versada y dispuesta a ayudarle a superar sus propios límites, recibí una orden directa escrita rápidamente en un pequeño pedazo de papel.  Al abrirlo pude leer las palabras: Sacrificar el sufrimiento.

 

 

¿Cómo? ¿Qué? ¿Que tengo que hacer qué?

 

 

– Pues sí. Eso mismo -me dijo-. Debes sacrificar el sufrimiento.

 

Pasados unos cuantos segundos de shock lingüístico me dí cuenta de que era totalmente cierto, de que una de las grandes formas de dar un paso adelante, de crecer y de superar nuestros propios límites es, sin duda, sacrificando nuestro propio sufrimiento.

 

En realidad, gran parte de nosotros vivimos en la queja constante, en un estado continuo de insatisfacción causada por uno u otro motivo. Interpretamos el papel de víctima con un vacuo esfuerzo por cambiar.

 

 

A ver, me explico. Pongamos algunos ejemplos,

 

 

Imagina que te levantas por la mañana, te miras al espejo y no te gustas. ¿Cómo pasas gran parte del día? Regodeándote en lo mal que te sientes, recordando todo lo que has cambiado, sufriendo por esos kilos de más, tratando de ocultar esas arrugas que surcan tu rostro o esa pequeña cana que acompañada de unas cuantas más muestran al mundo que llevas ya unos cuantos años en él. Estás en modo «insatisfacción».

 

Es lunes. Te levantas, te preparas para ir al trabajo y bajo la ducha empiezas ya a acordarte de tu jefe, un tipo insoportable que parece disfrutar haciéndote la vida imposible. Llegas al trabajo y confirmas tus expectativas -Hoy será un día duro, éste no ha tenido un buen fin de semana- te dices. Efectivamente lo es, así que las horas del reloj pasan lentas, muy lentas. Al salir del trabajo te diriges a casa. Allí le cuentas a tu pareja que tu día ha sido un asco, con todo tipo de detalles. Estás en modo «queja».

 

Eres más feliz que una perdiz. En tu trabajo te va bien. Tu familia es un encanto y tu pareja te mira todavía como el primer día. Pero tienes la suerte de que la gente que quieres tiende a contarte siempre sus problemas, bien para que les ayudes a solucionarlos, bien para que les escuches y sirvas de desahogo emocional. Eso está muy bien, dice mucho de tí, pero como no sabes encajarlo con ése don de la empatía que tienes, al finalizar la conversación sus problemas se convierten en los tuyos y asumes un sufrimiento que no te pertenece. Estás en modo «angustia».

 

Tienes una enfermedad. De las que te dejan un poco tocado, de esas que no van a acabar contigo pero hacen que tu vida sea menos cómoda. Una que te obliga a convivir con cierto dolor de forma continua. Lo haces, pero cuesta, porque cada poco tiempo enfatizas ese dolor físico que sientes, le das protagonismo absoluto, y se convierte en el centro de tu atención. Estás en modo «dolor».

 

 

Y es que vivimos en el gozo del sufrimiento

 

 

A ver. Tranquilidad. Sé que estoy exagerando, pero lo hago deliberadamente, a fin de que podamos observar cómo a lo largo de nuestro día, de nuestra vida, de gran parte al menos de nuestro tiempo, vivimos en el gozo del sufrimiento. Y sí, vivimos en el gozo porque en realidad es lo que hemos aprendido, y nos cuesta mucho más de lo que imaginamos no sufrir, no preocuparnos, no sentir desdicha.

 

El gran Borja Vilaseca lo explica aquí: https://www.youtube.com/watch?v=AQpAvsCoZW0

 

Si vives en la pena, en el sufrimiento y en la preocupación, en cierto modo tienes un objetivo. Si simplemente tu vida está ausente de todo esto -o al menos no de forma prioritaria- igual te tienes que enfrentar a tí mismo, a tus objetivos, a tus propios límites. Y una vez hecho esto, o vuelves para atrás y continúas en ese estado aprendido, o tiras para adelante y empiezas a hacer las cosas de otra manera.

 

No se trata de no darse cuenta de que igual tienes que hacer algo con tu cuerpo si lo tienes descuidado. O cambiar tu trabajo si realmente éste no te proporciona la satisfacción que debiera. O atender a tus seres queridos si te necesitan. Se trata de ver estas cosas con más perspectiva, interpretando el papel, si es necesario, de un simple espectador, o siendo consciente de ellas sin lamentos, quejas o victimismo, para poder cambiarlas, para poder vencerte a tí mismo.

 

Y después tendrás un nuevo reto: obligarte a ser feliz, a disfrutar de la vida, a buscar en todas y cada una de tus acciones un interés personal, una dicha, algo positivo.

 

Así que acaba con tu sufrimiento, hazle un jaque mate y…

 

 

 

¿Quién sabe? A lo mejor luego pasa lo que siempre has querido… 

 

 

 

 

 

 

 

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